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El tema verde es trascendental en nuestra existencia. Representa la relación con la única gran casa que tenemos prestada por pocos años de vida y que degradamos aceleradamente en detrimento de las próximas generaciones. Muchas de las frustraciones de los ecologistas, pensadores y los que nos ocupamos por el futuro del planeta tierra, es que los seres humanos parecemos interesarnos en su conservación pero a la hora de actuar nos resistimos al cambio de costumbres y comodidades. Asistí recientemente a una reflexión espiritual que plateó un símil entre un ser humano y un árbol que me pareció interesante y me permitió sacar algunas válidas conclusiones para mi vida. El disertante colocó una joven especie frutal en el escenario y nos invitó a observarlo y compararlo con nuestras actitudes. Si alguna de sus ramas no crece en la forma deseada la cortamos, recordando el viejo refrán “ Árbol que crece torcido, nunca su rama endereza “. Si le brota algún hongo, usaríamos un químico para combatirlo. Si el fruto no tenía un sabor agradable le agregaremos algo para cambiar el resultado. En caso extremo, si quisiéramos presumirlo, hasta le rociamos pintura verde. 
Sin embargo el problema no es lo que se observa externamente, el mal está por dentro, en donde no se observa a primera vista. Puede estar por ejemplo afectado en la raíz o en la tierra donde está sembrado y por varios factores que se descubren en su resultado visible incluyendo hasta la calidad de la semilla en su origen. Lo que observamos en la superficie es el reflejo de su interior.Comparado con el ser humano, la raíz, que representa nuestra mente y corazón que no podemos observar, sin embargo , el tronco, que es nuestro carácter y el fruto la conducta, son los factores visibles, que muchas veces tratamos de disimular. Jesús explicó a sus discípulos claramente este tema: Marcos 7: 21-23, “ Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan la hombre. “ Nuestro reto diario es evitar la contaminación interna, porque lo externo lo disfrazamos con una máscara religiosa, pero nuestro ser interno hasta a nosotros mismos nos asusta y no podemos esconderlo de Dios. Los cristianos debemos actuar proactivamente en la protección del planeta que Dios ha puesto a nuestro cuidado, porque solo somos administradores que tenemos que dar cuenta de nuestras acciones. Los ecologistas deberán aplicar primeramente en sus vidas lo que la sabiduría eterna aconseja en La Biblia, porque a medida que el ser humano no se transforme interiormente, continuará destruyendo el entorno, además de su ambiente moral y espiritual. |